FANTASÍA · MICRORRELATOS

El Herrero

Ilustración de El Herrero

Su padre marchó a la guerra sin saber que su mujer estaba embarazada.

Ella trajo al mundo a un pequeño enano y tuvo que criarlo sola, esperando cada día el regreso de su marido. Vestía al niño con sus mejores ropas, convencida de que cualquier mañana podía ser aquella en la que su padre atravesara de nuevo la puerta de casa y conociera por fin a su hijo.

Pero nunca tuvo oportunidad de verlo regresar.

Poco antes de que el pequeño cumpliera seis meses, su madre contrajo una extraña enfermedad.

Nada pudieron hacer por salvarla y, finalmente, Freia se la llevó.

El niño quedó al cuidado de su tío, un minero de carácter gruñón que vivía en una cabaña perdida en el bosque junto a otros cinco compañeros de cuadrilla. Seis enanos acostumbrados a la oscuridad de las galerías, al polvo y al trabajo duro tuvieron que aprender, casi de un día para otro, a cuidar de un bebé.

Lo criaron como a uno más.

Y en cuanto fue capaz de sostener un pico entre las manos, comenzaron a enseñarle todos los secretos de la minería.

Así creció.

Con los años terminó acompañándolos a las profundidades de la montaña y los seis mineros se convirtieron en siete.

Una tarde, al regresar de una agotadora jornada de trabajo, encontraron algo completamente inesperado en la cabaña. Sobre uno de sus camastros descansaba una hermosa joven humana.

La muchacha estaba sola y parecía inofensiva. Superada la sorpresa inicial, los siete decidieron permitir que se quedara con ellos. Su presencia trajo un poco de orden a aquella casa habitada por mineros y, por primera vez en mucho tiempo, los enanos comenzaron a encontrar comida caliente al regresar de la mina.

La singular convivencia funcionó.

Durante meses, la paz reinó en aquella apartada cabaña del bosque.

Pero para el más joven de los siete las cosas comenzaron a cambiar.

Cada noche, sentado alrededor de la mesa, observaba a la muchacha en silencio. Había terminado enamorándose de ella con esa intensidad que solo conoce quien se enamora por primera vez.

Nunca llegó a ocurrir nada entre ellos.

El destino de la joven estaba lejos de aquella cabaña y, finalmente, un príncipe humano apareció en su vida y se la llevó consigo.

El joven enano volvió entonces a la mina.

Durante años continuó descendiendo cada mañana a aquellas galerías, aunque el trabajo que había aprendido de niño le gustaba cada vez menos. Hasta que un día comprendió que no quería pasar allí el resto de su vida.

Se despidió de su tío y de sus compañeros, se echó el pico al hombro y abandonó el único hogar que había conocido.

No llevaba mucho más que unas migajas de pan y la determinación de encontrar su propio camino.

Tras días de viaje llegó a un pueblo situado al oeste de las montañas, junto a un río abundante en peces. Humanos y medianos convivían allí y el joven pensó que quizá aquel lugar pudiera ofrecerle el futuro que buscaba.

Mientras recorría su calle principal escuchó el sonido de un martillo golpeando un yunque.

Algo se estremeció dentro de él.

Siguió el sonido hasta una herrería y, al atravesar la puerta, sintió una extraña familiaridad con aquel lugar. El calor de la fragua, el olor del carbón y el sonido del metal parecían resultarle conocidos pese a no haber trabajado nunca allí.

Pidió al maestro herrero que lo aceptara como aprendiz y le permitiera dormir en algún rincón de la forja.

El hombre accedió.

Pronto descubrieron que el enano poseía un talento extraordinario. Aprendía con una facilidad desconcertante, como si los secretos del oficio hubieran estado siempre dentro de él y solo necesitara recordarlos.

Pasaron los años y terminó convirtiéndose en el mejor alumno que aquel viejo herrero había tenido.

Entonces las fuerzas del Señor Oscuro atacaron un pueblo situado al otro lado de las montañas.

Numerosos refugiados llegaron buscando cobijo, trabajo y la posibilidad de comenzar una nueva vida.

Entre ellos estaba Ingrid.

La joven elaboraba el mejor pan que podía encontrarse en muchos kilómetros a la redonda y poseía un carácter tan gruñón como el del propio herrero.

Quizá por eso se entendieron tan bien.

Al principio su relación se limitaba a las visitas de él para comprar pan. Después llegaron las miradas, las sonrisas y aquellos pequeños momentos que ninguno de los dos parecía dispuesto a reconocer.

Hasta que una mañana Ingrid le entregó el pan acompañándolo de una sonrisa especialmente cariñosa.

El herrero pasó el resto del día frente al yunque, martilleando el metal con la cabeza gacha y pensando únicamente en ella.

Ingrid fue quien terminó dando el siguiente paso.

Fue a buscarlo a la herrería y consiguió que el maestro le permitiera terminar antes su jornada.

Aquella tarde caminaron juntos hasta la Colina de Dvergar.

Durante el trayecto hablaron del futuro.

De una casa cerca de la herrería.

De formar una familia.

Incluso de cuántos hijos podrían tener.

El enano comprendió entonces que quería compartir el resto de su vida con aquella mujer.

Pero apenas tuvieron tiempo de imaginarla.

Un numeroso grupo de goblins apareció en el camino. Los dirigían un gigantesco orco y un misterioso caballero cubierto por una armadura negra.

Les arrebataron la comida y trataron de apresarlos.

El herrero no llevaba consigo su martillo, así que se defendió con sus propias manos. Su enorme fuerza hizo volar a varios goblins mientras Ingrid, unos metros más allá, hacía cuanto podía por mantener alejados a los que intentaban rodearla.

Pero eran demasiados.

El orco consiguió atrapar a Ingrid y la encadenó.

El herrero intentó llegar hasta ella.

Nunca lo consiguió.

El caballero negro lo derribó de un solo golpe.

Cuando recuperó el conocimiento estaba tendido en medio de un charco de sangre. No sabía cuánto tiempo había permanecido inconsciente ni hacia dónde se habían llevado a Ingrid.

Junto a él había un guerrero que portaba las armas y la armadura de la Orden del Martillo.

El Hermano había seguido el rastro de aquel mismo grupo de asaltantes y tenía motivos para creer que entre sus prisioneras podía encontrarse también la mujer a la que él buscaba.

Dos hombres que apenas se conocían habían perdido a las mujeres que amaban a manos del mismo enemigo.

Ya no necesitaban más razones.

El herrero abandonó el lugar junto al guerrero de la Orden del Martillo.

Desde aquel momento ambos compartirían el mismo camino.

Encontrarían a Ingrid y a la Hermana Juana.

Y acabarían con las fuerzas del Señor Oscuro. Hojas de Personaje

FIN

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