Alejandro contempla mundos de fantasía desde una mesa de juego con miniaturas, libros y dados.

LA BIBLIOTECA DE HISTORIAS

Microrrelatos

Historias que solo necesitan unos minutos para llevarte a otro mundo.

LA HISTORIA ANTES DE LAS HISTORIAS

De jugador a
creador de mundos.

  1. Jugador
  2. Game Master
  3. Contador de historias
  4. Creador de mundos

Mucho antes de escribir libros, ya inventaba historias. Empecé con aquellos libros en los que uno elegía el siguiente paso del protagonista. Después llegaron los dados, las fichas, las miniaturas y las mesas que, durante unas horas, podían convertirse en cualquier lugar.

HeroQuest, Warhammer y Magic: The Gathering acabaron mezclándose en una adaptación propia: reglas, personajes, enemigos y aventuras. Del jugador al Game Master, dejé de limitarme a los mundos de otros y empecé a crear los míos.

Mis personajes necesitaban algo más que atributos: un pasado, una motivación, una razón para ponerse en camino. Así, el juego se convirtió en relato. Con los años, los dados dejaron paso al teclado y las fichas se hicieron páginas. La esencia sigue siendo la misma: vivir una historia como si fuese propia.

STORYTELLER

FANTASÍA · LA ORDEN DEL MARTILLO

El Monje Guerrero

Una historia de la Orden del Martillo

Ilustración de El Monje Guerrero

Nació como el cuarto hijo de una familia adinerada. Sus hermanos mayores tenían ya reservado su lugar dentro de la casa y, para él, su familia había elegido un destino diferente: ingresar en la Orden del Martillo.

Allí fue educado y entrenado hasta convertirse en un arma de guerra al servicio del Emperador.

El joven demostró muy pronto una habilidad extraordinaria con las armas. Era fuerte, disciplinado y obediente; uno de esos guerreros capaces de mantener la calma cuando todo a su alrededor se desmoronaba. Sus superiores estaban convencidos de que, con los años, podría alcanzar los puestos más altos de la Orden.

Pero su destino cambió en Anfauglith.

Durante la batalla fue gravemente herido y sus hermanos, temiendo por su vida, lo trasladaron hasta un convento cercano. Allí quedó al cuidado de las hermanas mientras su cuerpo luchaba por sobrevivir.

Fue entonces cuando apareció Juana.

La Hermana Juana permaneció junto a él durante todo aquel caluroso verano. Limpiaba sus heridas, cambiaba sus vendajes y apenas se alejaba de los pies de su cama. Cuando llegaba la noche y el convento quedaba en silencio, le cantaba las letanías más hermosas que conocía.

Durante mucho tiempo, aquella voz fue lo único que él escuchó.

Hasta que una mañana despertó.

Abrió los ojos lentamente y encontró a Juana dormida junto a su cama, agotada después de otra noche cuidándolo.

La observó en silencio.

Había estado muy cerca de morir en Anfauglith y, sin embargo, fue en aquel instante cuando comprendió que existía algo por lo que realmente merecía la pena arriesgar la vida.

Ella.

Pasaron los meses.

Cuando recuperó las fuerzas y regresó junto a sus hermanos, comenzó a buscar cualquier excusa que le permitiera volver al convento. Se ofrecía para hacer guardia durante la noche y Juana, por su parte, encontraba motivos para abandonar sus dependencias con el pretexto de llevar agua a los hombres encargados de protegerlas.

Así comenzaron a verse a escondidas.

Sabían que aquello no podía durar.

Los dos habían tomado sus votos.

Él pertenecía a la Orden del Martillo.

Ella, al convento.

Pero durante aquellas noches poco importaban los juramentos que habían pronunciado años atrás.

Hasta que llegó aquella fatídica noche.

La Madre Superiora los descubrió.

Fueron separados inmediatamente y llevados ante la justicia. Después los encerraron en fortalezas diferentes, lejos el uno del otro.

Él nunca supo dónde estaba Juana.

A veces, durante las largas noches de encierro, creía escuchar los cánticos de su amada atravesando los gruesos muros de piedra.

Quizá solo estaban en su cabeza.

Pero prefería pensar que era ella.

El castigo llegó poco después.

Por haber quebrantado sus votos perdió todos sus atributos de Hermano. Le retiraron las armas, la armadura y cuanto lo identificaba como miembro de la Orden del Martillo.

Después lo expulsaron.

Lo arrojaron a la calle, desnudo y deshonrado, en pleno invierno.

Juana tampoco quedó libre.

Fue condenada a regresar al convento donde había iniciado su formación. La trasladaron junto a otras hermanas que también habían quebrantado sus votos.

Pero la caravana nunca llegó a su destino.

Durante el camino fue atacada por las fuerzas del Señor Oscuro.

Aquellas fueron las últimas noticias que se tuvieron de ellas.

Cuando él se enteró del ataque estaba trabajando en los campos cercanos a la fortaleza donde había permanecido encerrado.

No esperó.

Dejó lo que estaba haciendo, se apretó bien las botas y buscó algo con lo que poder defenderse.

Tiempo atrás había empuñado algunas de las mejores armas de la Orden del Martillo.

Ahora solo tenía una hoz.

Fue suficiente.

Echó a correr.

Cuando llegó al lugar del ataque encontró los restos de la caravana esparcidos por el camino. Había carros destrozados, sangre y multitud de Hermanos muertos.

Buscó entre ellos.

Uno por uno.

Pero no encontró a Juana.

Ni a ninguna de las jóvenes que viajaban con ella.

Y aquella ausencia fue suficiente para mantener viva su esperanza.

Junto al camino yacía uno de sus antiguos hermanos.

El joven permaneció unos instantes contemplándolo.

Después dejó caer la hoz.

Tomó sus armas.

Recogió su armadura y volvió a vestir, pieza a pieza, los atributos de la Orden que una vez le habían arrebatado.

Ya no era un Hermano del Martillo.

Ya no servía al Emperador.

Aquella vez no lucharía por honor, por obediencia ni por cumplir las órdenes de ningún hombre.

Lucharía por Juana.

Y allí, rodeado por los cuerpos de quienes una vez habían sido sus hermanos, juró que la encontraría.

FIN

STORYTELLER

FANTASÍA · MICRORRELATOS

La Primera Espada

Ilustración de La Primera Espada

Aquella fría mañana de mayo, dos llantos de recién nacidas se escucharon casi al mismo tiempo dentro de los muros del viejo castillo.

El primero llegó desde lo más alto de la torre, donde acababa de nacer la primogénita del rey. El segundo se oyó cerca del patio de armas y pertenecía a la primera hija del Primer Espada del Reino.

Comadronas y sabios quisieron ver en aquella coincidencia una señal del Destino. Dos niñas nacidas bajo el mismo techo y a la misma hora, aunque separadas por todo aquello que distinguía a una princesa de la hija de un soldado.

La princesa creció rodeada de maestros. Recibió la educación propia de quien algún día habría de ocupar el trono y demostró ser una joven aplicada en las ciencias y, para satisfacción de su padre, sorprendentemente hábil con la espada.

La otra niña tuvo una infancia muy diferente. Su padre la instruyó desde pequeña en el combate y su madre se ocupó de enseñarle las labores propias de su casa. Cuando cumpliera nueve años entraría al servicio de la princesa, tal y como correspondía a la hija del hombre encargado de proteger al rey.

Era veloz, inteligente y amable, y poseía unos enormes ojos azules cuya profundidad parecía no tener fin.

Los años pasaron y llegó por fin el día para el que llevaba preparándose toda su vida. La muchacha entró al servicio de la princesa deseando, con todo su corazón, servir bien al reino y hacer sentir orgulloso a su padre.

Pero ocurrió algo que nadie había previsto.

Princesa y guardaespaldas se hicieron amigas.

La diferencia entre sus posiciones fue perdiendo importancia conforme crecían. Entrenaban juntas, paseaban a caballo y compartían largas horas dentro de los muros del castillo. Incluso se decía que había sido la propia princesa quien había enseñado a leer y escribir a aquella muchacha de origen humilde.

El rey contemplaba aquella amistad con agrado y decidió hacerles un regalo. Mandó llamar a sus mejores artesanos y les entregó un extraño metal traído de tierras lejanas. Con él ordenó forjar dos armaduras exactamente iguales.

Una sería para su hija. La otra, para quien algún día tendría la obligación de protegerla con su propia vida.

Pasaron los años.

Cuando llegó el momento de que la princesa contrajera matrimonio, el rey dispuso que viajara hasta el reino vecino para conocer al príncipe heredero. Su guardaespaldas, como siempre, cabalgaba junto a ella.

Nunca llegaron a su destino.

En mitad del bosque fueron sorprendidas por la guardia personal de la Baronesa Von Carstein.

Las dos jóvenes desenvainaron sus espadas y combatieron como tantas veces lo habían hecho durante sus entrenamientos en el patio del castillo. Se protegieron mutuamente mientras a su alrededor iban cayendo hombres de ambos bandos. Eran feroces guerreras y estaban preparadas para defenderse, pero sus enemigos las superaban ampliamente en número.

Finalmente fueron vencidas.

Durante semanas no hubo noticias de ninguna de las dos.

Hasta que una mañana los centinelas distinguieron un caballo avanzando lentamente por el camino que conducía al castillo.

El animal llegó exhausto hasta las puertas. Sobre él viajaba una joven cubierta por una de aquellas armaduras gemelas. Presentaba evidentes señales de lucha, estaba herida y apenas parecía capaz de mantenerse sobre la montura.

Aun así, todavía empuñaba su espada.

Atravesó las puertas del castillo y llegó hasta el patio de armas sin descubrir su rostro. Allí, ante el rey y cuantos acudieron a recibirla, levantó su espada y juró que regresaría para rescatar a su amiga.

El rey reconoció inmediatamente la armadura.

Convencido de que aquella joven era su hija, ordenó reunir a sus ejércitos. La Baronesa Von Carstein había provocado al reino y aquello solo podía significar una cosa: la guerra. Exigió la cabeza de la Baronesa y ordenó preparar a sus hombres para marchar contra sus fuerzas.

Entonces el Primer Espada se adelantó.

Observó durante unos instantes a la joven que permanecía frente a ellos, cubierta de sangre y todavía oculta tras el yelmo.

Después se arrodilló ante su rey.

Solicitó ser relevado de sus obligaciones en palacio y pidió permiso para acompañar a su princesa en la búsqueda de la muchacha que había quedado atrás.

FIN

STORYTELLER

FANTASÍA · MICRORRELATOS

El Herrero

Ilustración de El Herrero

Su padre marchó a la guerra sin saber que su mujer estaba embarazada.

Ella trajo al mundo a un pequeño enano y tuvo que criarlo sola, esperando cada día el regreso de su marido. Vestía al niño con sus mejores ropas, convencida de que cualquier mañana podía ser aquella en la que su padre atravesara de nuevo la puerta de casa y conociera por fin a su hijo.

Pero nunca tuvo oportunidad de verlo regresar.

Poco antes de que el pequeño cumpliera seis meses, su madre contrajo una extraña enfermedad.

Nada pudieron hacer por salvarla y, finalmente, Freia se la llevó.

El niño quedó al cuidado de su tío, un minero de carácter gruñón que vivía en una cabaña perdida en el bosque junto a otros cinco compañeros de cuadrilla. Seis enanos acostumbrados a la oscuridad de las galerías, al polvo y al trabajo duro tuvieron que aprender, casi de un día para otro, a cuidar de un bebé.

Lo criaron como a uno más.

Y en cuanto fue capaz de sostener un pico entre las manos, comenzaron a enseñarle todos los secretos de la minería.

Así creció.

Con los años terminó acompañándolos a las profundidades de la montaña y los seis mineros se convirtieron en siete.

Una tarde, al regresar de una agotadora jornada de trabajo, encontraron algo completamente inesperado en la cabaña. Sobre uno de sus camastros descansaba una hermosa joven humana.

La muchacha estaba sola y parecía inofensiva. Superada la sorpresa inicial, los siete decidieron permitir que se quedara con ellos. Su presencia trajo un poco de orden a aquella casa habitada por mineros y, por primera vez en mucho tiempo, los enanos comenzaron a encontrar comida caliente al regresar de la mina.

La singular convivencia funcionó.

Durante meses, la paz reinó en aquella apartada cabaña del bosque.

Pero para el más joven de los siete las cosas comenzaron a cambiar.

Cada noche, sentado alrededor de la mesa, observaba a la muchacha en silencio. Había terminado enamorándose de ella con esa intensidad que solo conoce quien se enamora por primera vez.

Nunca llegó a ocurrir nada entre ellos.

El destino de la joven estaba lejos de aquella cabaña y, finalmente, un príncipe humano apareció en su vida y se la llevó consigo.

El joven enano volvió entonces a la mina.

Durante años continuó descendiendo cada mañana a aquellas galerías, aunque el trabajo que había aprendido de niño le gustaba cada vez menos. Hasta que un día comprendió que no quería pasar allí el resto de su vida.

Se despidió de su tío y de sus compañeros, se echó el pico al hombro y abandonó el único hogar que había conocido.

No llevaba mucho más que unas migajas de pan y la determinación de encontrar su propio camino.

Tras días de viaje llegó a un pueblo situado al oeste de las montañas, junto a un río abundante en peces. Humanos y medianos convivían allí y el joven pensó que quizá aquel lugar pudiera ofrecerle el futuro que buscaba.

Mientras recorría su calle principal escuchó el sonido de un martillo golpeando un yunque.

Algo se estremeció dentro de él.

Siguió el sonido hasta una herrería y, al atravesar la puerta, sintió una extraña familiaridad con aquel lugar. El calor de la fragua, el olor del carbón y el sonido del metal parecían resultarle conocidos pese a no haber trabajado nunca allí.

Pidió al maestro herrero que lo aceptara como aprendiz y le permitiera dormir en algún rincón de la forja.

El hombre accedió.

Pronto descubrieron que el enano poseía un talento extraordinario. Aprendía con una facilidad desconcertante, como si los secretos del oficio hubieran estado siempre dentro de él y solo necesitara recordarlos.

Pasaron los años y terminó convirtiéndose en el mejor alumno que aquel viejo herrero había tenido.

Entonces las fuerzas del Señor Oscuro atacaron un pueblo situado al otro lado de las montañas.

Numerosos refugiados llegaron buscando cobijo, trabajo y la posibilidad de comenzar una nueva vida.

Entre ellos estaba Ingrid.

La joven elaboraba el mejor pan que podía encontrarse en muchos kilómetros a la redonda y poseía un carácter tan gruñón como el del propio herrero.

Quizá por eso se entendieron tan bien.

Al principio su relación se limitaba a las visitas de él para comprar pan. Después llegaron las miradas, las sonrisas y aquellos pequeños momentos que ninguno de los dos parecía dispuesto a reconocer.

Hasta que una mañana Ingrid le entregó el pan acompañándolo de una sonrisa especialmente cariñosa.

El herrero pasó el resto del día frente al yunque, martilleando el metal con la cabeza gacha y pensando únicamente en ella.

Ingrid fue quien terminó dando el siguiente paso.

Fue a buscarlo a la herrería y consiguió que el maestro le permitiera terminar antes su jornada.

Aquella tarde caminaron juntos hasta la Colina de Dvergar.

Durante el trayecto hablaron del futuro.

De una casa cerca de la herrería.

De formar una familia.

Incluso de cuántos hijos podrían tener.

El enano comprendió entonces que quería compartir el resto de su vida con aquella mujer.

Pero apenas tuvieron tiempo de imaginarla.

Un numeroso grupo de goblins apareció en el camino. Los dirigían un gigantesco orco y un misterioso caballero cubierto por una armadura negra.

Les arrebataron la comida y trataron de apresarlos.

El herrero no llevaba consigo su martillo, así que se defendió con sus propias manos. Su enorme fuerza hizo volar a varios goblins mientras Ingrid, unos metros más allá, hacía cuanto podía por mantener alejados a los que intentaban rodearla.

Pero eran demasiados.

El orco consiguió atrapar a Ingrid y la encadenó.

El herrero intentó llegar hasta ella.

Nunca lo consiguió.

El caballero negro lo derribó de un solo golpe.

Cuando recuperó el conocimiento estaba tendido en medio de un charco de sangre. No sabía cuánto tiempo había permanecido inconsciente ni hacia dónde se habían llevado a Ingrid.

Junto a él había un guerrero que portaba las armas y la armadura de la Orden del Martillo.

El Hermano había seguido el rastro de aquel mismo grupo de asaltantes y tenía motivos para creer que entre sus prisioneras podía encontrarse también la mujer a la que él buscaba.

Dos hombres que apenas se conocían habían perdido a las mujeres que amaban a manos del mismo enemigo.

Ya no necesitaban más razones.

El herrero abandonó el lugar junto al guerrero de la Orden del Martillo.

Desde aquel momento ambos compartirían el mismo camino.

Encontrarían a Ingrid y a la Hermana Juana.

Y acabarían con las fuerzas del Señor Oscuro. Hojas de Personaje

FIN

STORYTELLER

FANTASÍA · MICRORRELATOS

El Pescador

Ilustración de El Pescador

Había nacido en las frías tierras de Nörska, en una pequeña aldea levantada junto al mar. Allí había pasado toda su vida y allí había aprendido el oficio de pescador.

Conocía aquellas aguas como pocos. Sabía cuándo hacerse a la mar, cuándo convenía regresar y qué lugares ofrecían una buena pesca. El frío, el viento y las largas jornadas en el barco formaban parte de una vida sencilla a la que nunca había pedido mucho más.

Aquella mañana salió a faenar como tantas otras veces.

El mar estaba tranquilo y la pesca fue buena. Después de varias horas decidió regresar a casa, satisfecho con la jornada.

Pero al acercarse a la costa comprendió que algo había ocurrido.

No vio movimiento en el embarcadero. Ningún pescador preparaba sus redes y nadie esperaba el regreso de las pequeñas embarcaciones. Tampoco salía humo de las chimeneas.

Solo una columna oscura se elevaba sobre la aldea.

Aceleró cuanto pudo.

Nada más tocar tierra abandonó el barco y corrió hacia las primeras casas.

Los Orkos habían atacado el poblado.

Encontró puertas destrozadas, viviendas saqueadas y restos del combate por todas partes. Algunas construcciones todavía ardían y el humo cubría las calles por las que tantas veces había caminado.

Comenzó a buscar supervivientes.

Recorrió cada rincón de la aldea, entró en las casas y apartó restos de madera y escombros con la esperanza de encontrar a alguien con vida.

No encontró a nadie.

Tampoco había suficientes cadáveres para explicar la desaparición de todos sus habitantes.

Aquello solo podía significar que los Orkos se habían llevado prisioneros.

Entre el barro encontró numerosas huellas que abandonaban el pueblo y se dirigían hacia el interior.

No eran difíciles de seguir. Los atacantes habían pasado por allí en gran número y no se habían preocupado por ocultar su rastro.

El pescador decidió seguirlos.

No era un soldado.

No tenía entrenamiento militar ni estaba acostumbrado a enfrentarse a enemigos armados. Toda su vida había transcurrido entre redes, anzuelos y embarcaciones.

Pero aquellas personas eran su familia, sus amigos y sus vecinos.

No podía abandonarlos.

Siguió el rastro durante horas hasta que finalmente descubrió el campamento de los Orkos.

Desde una posición oculta observó a sus enemigos y buscó entre ellos algún rostro conocido. Había demasiados. Muchos más de los que un solo hombre podía afrontar.

Aun así, decidió atacar.

Se abalanzó sobre el campamento aprovechando la sorpresa y consiguió derribar a varios antes de que los demás comprendieran lo que estaba ocurriendo.

Años trabajando en el mar habían hecho de él un hombre fuerte. Peleó con toda la rabia acumulada desde que había regresado a su aldea y durante unos instantes consiguió plantar cara a aquellos que habían destruido su hogar.

Pero la superioridad numérica terminó imponiéndose.

Los Orkos lo rodearon.

El pescador siguió luchando incluso cuando los golpes comenzaron a alcanzarlo desde todas direcciones. Cayó y volvió a levantarse. Cada vez le costaba más hacerlo, pero continuó enfrentándose a ellos mientras tuvo fuerzas.

Finalmente consiguieron reducirlo.

Entonces uno de los Orkos se abrió paso entre los demás.

Era enorme, mucho más grande que cualquiera de sus compañeros.

El pescador apenas podía mantenerse en pie cuando aquella criatura se plantó frente a él, pero aun así trató de continuar luchando.

El enfrentamiento terminó casi antes de comenzar.

El gigantesco Orko descargó sobre él una brutal paliza. Cada golpe lo dejaba más cerca de perder el conocimiento, hasta que finalmente su cuerpo dejó de responder.

Cuando el Orko consideró suficiente el castigo, dejó de golpearlo.

No quiso matarlo.

Prefirió abandonarlo allí, destrozado por la paliza y con heridas tan graves que difícilmente podría sobrevivir.

El pescador quedó tendido en el suelo mientras los Orkos se alejaban.

Estaba al borde de la muerte. Hojas de Personaje

FIN